Publicado el 26 de julio de 2021
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Quién no ha pasado alguna clase del instituto garabateando en la esquina de un cuaderno, dibujando pequeños cómics o caricaturas de algún profesor, de un compañero… o de cualquiera que se prestara como víctima, que levante la mano. Yo, desde luego, no puedo hacerlo, porque formaba parte de ese club. Lo que empezó como un simple pasatiempo para matar el aburrimiento, pronto se transformó en algo mucho más grande: una serie de cómics que, para mi sorpresa, llegaron a tener cierto éxito entre mis compañeros.
El origen de la historia
Recuerdo perfectamente aquellas primeras páginas improvisadas: sin guiones elaborados, sin grandes pretensiones, solo unas cuantas ideas locas que iban fluyendo mientras el bolígrafo se deslizaba por el papel. Lo más divertido era que los protagonistas no eran personajes inventados, sino dos compañeras de clase reales. Ambas tenían una personalidad entrañable y, a la vez, un punto ingenuo, por lo que era fácil imaginar situaciones disparatadas que encajaban con ellas a la perfección.
Con el tiempo, estos dibujos pasaron de ser simples garabatos a convertirse en episodios con continuidad, formando una auténtica serie cómica que, sin darme cuenta, ya tenía fans. Y es que, en cuanto aparecía con un nuevo capítulo, los cuadernos desaparecían de mis manos; todos querían leerlo antes que nadie.
Las protagonistas: María & Noelia
Así nació «Las Aventuras de María & Noelia», el título oficial de aquella saga escolar. Dos adolescentes normales, con sus manías y su forma algo inocente de ver el mundo, pero que, gracias al cómic, se veían envueltas en las tramas más extravagantes posibles.
En cada episodio podían pasar de ser dos chicas de barrio corriente a convertirse en las heroínas de viajes espaciales o las empresarias visionarias detrás de una cadena de restaurantes de hamburguesas. Lo surrealista era precisamente la clave: cuanto más improbable la historia, más divertida resultaba. Y mis compañeros, por supuesto, se morían de risa al ver cómo esas dos compañeras de carne y hueso se convertían en personajes de aventuras imposibles.
La esencia del cómic
Lo que más disfrutaba era la libertad creativa. No había reglas, no había un género fijo: algunas historias se inclinaban hacia la ciencia ficción, otras hacia la parodia más descarada de la vida escolar. Me divertía mezclar elementos cotidianos —como un examen sorpresa o una excursión— con escenarios imposibles, como luchar contra robots intergalácticos o gestionar un parque temático.
Esa mezcla de lo mundano con lo fantástico era lo que le daba identidad propia a Las Aventuras de María & Noelia. Además, el dibujo no se quedaba en simples bocetos rápidos; con el tiempo, fui puliendo el estilo, añadiendo detalles a las expresiones, cuidando más los fondos e incluso diseñando logotipos y títulos llamativos para cada capítulo.
La acogida
Es curioso cómo algo que empieza como una broma privada puede convertirse en un fenómeno a pequeña escala. Entre clase y clase, mis compañeros me pedían “la nueva entrega” y hasta había listas de espera para leerlo. Algunos incluso me sugerían ideas para las siguientes aventuras, proponiendo lugares absurdos o personajes secundarios inspirados en otros alumnos o profesores.
Recuerdo que había un capítulo en el que María y Noelia tenían que pilotar una nave espacial para salvar al instituto de una invasión alienígena… y el director aparecía retratado como un ser de otro planeta que hablaba en trabalenguas. En otro, se hacían ricas gracias a una hamburguesa con receta secreta… que resultaba ser, simplemente, un bocadillo de la cafetería con “ingrediente misterioso” que nadie lograba identificar.
Mi opinión personal
Aunque aquellas páginas estaban lejos de cualquier ambición profesional, fueron mi primer contacto serio con la narración visual y el humor gráfico. Aprendí a desarrollar personajes, a dar ritmo a una historia y, sobre todo, a entender que un cómic no solo se lee: se vive.
Con los años, los cuadernos originales de Las Aventuras de María & Noelia han quedado guardados como un tesoro personal. A veces, los hojeo y me sorprendo de lo mucho que transmiten todavía. Son un pedazo de mi adolescencia, de esos recreos interminables y de las clases que parecían no acabar nunca.
Conclusión
Hoy, echando la vista atrás, me doy cuenta de que aquella pequeña serie de cómics caseros no solo me dio horas de diversión, sino que fue una forma de conectar con los demás, de compartir risas y de hacer que un simple cuaderno de clase se convirtiera en algo esperado por todos.
Y aunque ahora las herramientas para crear y compartir historietas sean mucho más sofisticadas —desde tabletas gráficas hasta redes sociales—, hay algo insustituible en esos dibujos hechos a mano, a boli, entre apuntes de matemáticas y tachones. Algo que, para mí, sigue teniendo el mismo valor que entonces: la capacidad de inventar mundos y hacerlos vivir a través del papel.
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