Publicado el 18 de abril de 2024
Contenidos
La era oscura de la animación estadounidense: un periodo para olvidar… o no tanto
Hace poco, navegando por Internet, me topé con un artículo en Wikipedia que hablaba de lo que muchos críticos y aficionados llaman la “era oscura” de la animación estadounidense. El término puede sonar exagerado, pero al profundizar en el tema se entiende por qué la animación vivió un momento tan complicado entre finales de los años 50 y mediados de los 80.
Fue una etapa marcada por la falta de ideas frescas, guiones poco inspirados y presupuestos reducidos al mínimo. Los estudios trabajaban con lo justo, y eso se notaba en la calidad visual y narrativa de muchas series y películas.
Un producto infravalorado y encasillado
Durante esos años, en Estados Unidos, los dibujos animados eran vistos casi exclusivamente como un producto para televisión y destinado a un público infantil. Ese enfoque limitó mucho las posibilidades creativas.
Los creadores no solo tenían que lidiar con presupuestos ajustados, sino que estaban sometidos a las estrictas exigencias de las asociaciones de padres, que presionaban para que las series fueran “no violentas” y moralmente “correctas”. En cierto modo, esa exigencia tiene sentido, pero también acotó tanto los contenidos que muchas producciones terminaron siendo repetitivas y planas.
Series modestas que lograron destacar
A pesar del panorama poco alentador, hubo excepciones que demostraron que incluso con bajo coste era posible triunfar.
Títulos como Jonny Quest (1964), Spider-Man (1967), Scooby-Doo (1969) o He-Man y los Masters del Universo (1983) consiguieron marcar a una generación. Todas ellas, con estilos muy distintos, probaron que el ingenio podía suplir —al menos en parte— la falta de recursos.
Pero la crisis no afectó solo a la animación televisiva: incluso los grandes estudios de cine sufrieron en esos años.
Disney en su propio bache creativo
Quizá lo más sorprendente es que hasta Disney atravesó su propia “era oscura”, especialmente en los años 70. La compañía, conocida por ser sinónimo de calidad y éxito, estrenó películas que no lograron entusiasmar como las grandes obras de décadas anteriores.
Ejemplos de ese periodo son Los Rescatadores (1977), que tuvo una acogida correcta pero sin deslumbrar, y, ya en los 80, Taron y el caldero mágico (1985). Esta última apostó por un tono más oscuro y un argumento más siniestro de lo habitual en Disney, lo que desconcertó al público y se tradujo en un éxito comercial relativo.
Jonny Quest (1964): una agradable excepción
No todas las producciones de la época eran mediocres. Jonny Quest es una de esas excepciones que todavía hoy se ven con agrado.
Recientemente revisé un par de capítulos y, para su tiempo, está muy bien realizada. La animación, aunque limitada por el presupuesto, se apoya en un diseño de personajes atractivo y en tramas de aventura con un toque de ciencia ficción que la hacían muy entretenida.
Aquí va su intro gracias a Sam’s TV Channel.
Scooby-Doo (1969): un éxito que ha sobrevivido hasta hoy
Otra serie que merece mención especial es Scooby-Doo, que nació en 1969 de la mano de Hanna-Barbera.
La fórmula era sencilla pero efectiva: una pandilla de adolescentes resolviendo misterios junto a un perro simpático y miedoso. Este esquema funcionó tan bien que se repitió durante décadas, incluso en otras series del propio estudio que llegaban a reciclar animaciones para abaratar costes.
Lo más impresionante es que Scooby-Doo no solo sobrevivió a su época, sino que sigue adaptándose a los nuevos tiempos, con múltiples versiones y películas que todavía atraen a nuevos fans.
He-Man (1983): el poder del marketing
En el terreno de los 80, uno de los casos más claros de éxito a pesar de sus limitaciones fue He-Man y los Masters del Universo, producida por Filmation en 1983.
La serie tenía un diseño de personajes llamativo y un argumento que mezclaba fantasía y ciencia ficción, aunque con episodios que a veces resultaban repetitivos y previsibles. Sin embargo, detrás de su éxito había algo más: una potente campaña de marketing centrada en la venta de juguetes. De hecho, la serie fue concebida en gran parte como un soporte publicitario para la línea de figuras de acción.
El final de la era oscura
Como todo ciclo, esta etapa también llegó a su fin. A mediados de los 80, la animación estadounidense empezó a recuperar la creatividad y a mejorar su nivel técnico.
En gran parte, esto se debió a la presión de los estudios japoneses, que estaban produciendo series con mayor calidad visual y narrativa. La competencia internacional obligó a ponerse las pilas.
No hay que olvidar que muchas producciones estadounidenses de esos años ya se animaban en Japón. Ejemplos claros son la primera serie de Inspector Gadget o Los (auténticos) Cazafantasmas. La externalización de la animación ayudó a elevar la calidad, aunque la concepción de las historias seguía siendo mayoritariamente norteamericana.
Reflexión final: todas las industrias tienen sus sombras
Mirando hacia atrás, está claro que esta “era oscura” de la animación fue un periodo complejo, pero también dejó lecciones importantes. No fue un vacío absoluto de talento: incluso en los momentos más difíciles surgieron obras que se mantuvieron vivas en la memoria colectiva.
La limitación presupuestaria, la censura implícita de las asociaciones de padres y la falta de confianza en el medio como arte narrativo provocaron una caída en la calidad general. Pero las excepciones —Jonny Quest, Scooby-Doo, He-Man— demuestran que incluso en contextos adversos se pueden crear productos con personalidad y éxito.
Hoy la animación estadounidense vive realidades muy distintas, con propuestas para todos los públicos y presupuestos que rivalizan con el cine de imagen real. Sin embargo, no está de más recordar que toda industria creativa pasa por baches. Y que, a veces, de esas etapas grises surgen innovaciones inesperadas.


