Publicado el 5 de diciembre de 2023
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El ocaso del CD: ¿adiós definitivo o simple cambio de ciclo?
Desde hace ya tiempo, no son pocos los que vaticinan que el CD de toda la vida está condenado a desaparecer. Esa frase se repite una y otra vez en conversaciones, artículos y debates entre amantes de la música. Y, aunque las opiniones varíen, hay un dato innegable: sus ventas han caído en picado desde hace muchos años.
En paralelo, hemos visto un fenómeno curioso: el resurgir del vinilo, que ha regresado con fuerza como objeto de deseo para coleccionistas y nostálgicos; y, con algo menos de empuje, el regreso de las cintas de casete, un formato que parecía enterrado y que, sin embargo, ha encontrado su pequeño nicho en el mercado.
Por qué el CD ya no es lo que era
La gran pregunta es: ¿por qué precisamente el CD? ¿Qué ha llevado a este círculo de plástico, de reflejos multicolor y que tantas alegrías nos dio en sus gloriosos años 90, a caer en desgracia?
La respuesta, al menos en parte, parece bastante clara: una cuestión de comodidad. En su momento, el CD fue un salto enorme respecto al vinilo y al casete. Permitía saltar de pista en pista, ofrecía una calidad de sonido limpia y ocupaba menos espacio que otros formatos físicos. Pero con la llegada de los teléfonos móviles y los servicios de música digital, sus ventajas se desdibujaron.
Hoy, desde tu propio teléfono, puedes escuchar millones de canciones en el formato de audio que prefieras. Y todo sin necesidad de cambiar de disco, sin interrupciones y con la música disponible al instante, en cualquier lugar.
Del estante al bolsillo
Antes acumulábamos torres de cajas de CD, que ocupaban estanterías enteras en casa. Era un pequeño ritual: elegir qué disco poner, abrir la caja, colocar el CD en el reproductor y dejarlo sonar. Ahora, esa misma colección —o incluso una mucho mayor— cabe en la memoria de un dispositivo portátil o se accede directamente desde la nube.
Y la realidad es que la calidad de sonido que ofrecen los formatos digitales actuales puede ser igual o incluso superior a la de un CD tradicional, dependiendo de la fuente y del equipo de reproducción. Así que, para muchos, la comodidad pesa más que la experiencia física.
El atractivo visual del vinilo
Pero no todo se reduce a lo práctico. En el mundo de los formatos físicos, la estética también importa. Los discos de vinilo tienen un tamaño que les permite lucir portadas grandes y llamativas, auténticas piezas de arte gráfico que decoran por sí mismas una habitación.
Ese componente visual ha seducido a quienes buscan algo más que música: una experiencia tangible que incluya la contemplación del objeto. Frente a eso, las carátulas de los CD, por muy cuidadas que estén, resultan más pequeñas y, para muchos, menos impactantes.
Vinilo vs. CD: el debate del sonido
Y luego está el eterno debate: ¿suena mejor el vinilo o el CD? Hay quienes aseguran que el vinilo ofrece un sonido más cálido, más auténtico, y que ese chisporroteo característico le añade encanto. No importa que, técnicamente, ese ruido sea una imperfección: para ellos es un rasgo entrañable, parte inseparable de la experiencia.
Otros, en cambio, valoran precisamente lo contrario: la limpieza del sonido del CD, sin ruidos de fondo ni saltos de aguja. En este punto, todo se reduce a una cuestión de gusto personal.
Que no desaparezca
Aquí entra mi opinión más personal: no me gustaría que el CD desapareciera del todo. Puedo aceptar, sin problemas, que los DVD vayan quedando atrás, porque prefiero el Blu-ray para ver películas. Pero con el CD es distinto. Tiene algo que lo hace especial y que me resulta insustituible.
Tampoco soy un gran aficionado a escuchar música en streaming. Pertenezco todavía a ese grupo de personas que disfrutan rippeando su música y convirtiéndola de CD a MP3 para llevarla en otros dispositivos. Es un proceso que me resulta casi artesanal, un puente entre el formato físico y el digital, que me permite tener la música como quiero y conservar el disco original.
Vinilos sí, pero…
No me malinterpretéis: los vinilos también me gustan. Me atrae su estética, su tamaño, su tacto… pero para sonido limpio y puro, me quedo con el CD. Ese silencio absoluto entre pistas, la nitidez de las voces y los instrumentos… es difícil de igualar, y es justo lo que busco cuando me siento a escuchar música.
El valor del objeto físico
Además, hay algo que el formato físico aporta y que se pierde en la música descargada o en el streaming: la experiencia completa del álbum. Un CD no es solo el disco. Está la carátula, el booklet con las letras, las fotos y los créditos. Detalles que, en muchos casos, forman parte del concepto artístico que el músico quiere transmitir.
Descargar un disco por Internet, sin todo ese acompañamiento visual y táctil, es para mí como recibir un regalo sin envoltorio: puedes disfrutar del contenido, sí, pero falta parte de la magia.
Reflexión final
Puede que el CD no recupere nunca su antigua relevancia comercial. Tal vez siga cediendo terreno frente a la música en línea y quede reducido a un formato para coleccionistas o nostálgicos. Pero, para quienes apreciamos su sonido, su valor práctico y como objeto, seguirá siendo algo digno de mantener vivo.
Porque, más allá de modas y tendencias, cada formato cuenta una historia. Y la del CD —con su brillo de arcoíris, sus estuches apilados y sus tardes enteras de escucha atenta— es una que muchos no queremos que acabe.
Os dejamos con un vídeo muy interesante sobre el tema del YouTuber ROY DARPINIAN.
10 canciones olvidadas de los años 60
Discogs.com


