Publicado el 11 de octubre de 2022
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Desmitificando «La Bola de Cristal»: ¿realmente era para niños?
Hoy me he propuesto hacer algo que puede sonar casi sacrílego para algunos: desmitificar «La Bola de Cristal», ese programa que muchos consideran uno de los buques insignia de la televisión ochentera en España. Y lo hago desde el cariño, pero también desde la sinceridad. Porque sí, a muchos se les llenan los ojos de lágrimas cuando hablan de él: que si era muy moderno, que si trataba a los niños como seres inteligentes, que si rompía moldes… Y no lo niego. Pero a mí también se me llenaban los ojos de lágrimas con este programa, aunque por motivos muy distintos.
¿Era realmente el programa favorito de los niños?
Seamos honestos. ¿De verdad «La Bola de Cristal» era el programa que los niños esperaban con ilusión cada sábado por la mañana? Yo creo que no. Tal vez sí lo era para algunos adolescentes, que empezaban a interesarse por la música, la estética alternativa y los mensajes crípticos. Pero para los más pequeños, lo que queríamos era dibujos animados, humor sencillo y aventuras. Y eso, precisamente, era lo que «La Bola de Cristal» no ofrecía.
Un programa moderno… y bastante chungo
Desde su estreno, el programa se presentó como algo revolucionario, con un enfoque que pretendía romper con la televisión infantil tradicional. Pero lo cierto es que, incluso en su época, a muchos nos parecía triste, oscuro y difícil de entender. En pleno auge de los televisores en color, «La Bola de Cristal» emitía fragmentos de series antiguas en blanco y negro, como «Los Monster», que, aunque hoy tienen su encanto, entonces parecían sacadas del baúl de los recuerdos.
El estilo visual era rompedor, sí. Alaska, Santiago Auserón y compañía aportaban un aire moderno, con videoclips made in Spain y una estética muy de la Movida Madrileña. Pero los chistes surrealistas, los diálogos en verso y la jerga inventada de personajes como Los Electroduendes hacían que muchos niños no entendieran absolutamente nada. Y si no entiendes lo que ves, difícilmente lo disfrutas.
La 4ª Parte: el rincón del desconcierto
Y si hablamos de momentos desconcertantes, no podemos olvidar «La 4ª Parte», la sección presentada por Javier Gurruchaga. Aquello era un universo paralelo dentro del programa, con referencias culturales, teatrales y filosóficas que, sinceramente, ningún niño sabía por dónde coger. Yo, personalmente, prefería fregar los platos antes que quedarme viendo esa parte. Y eso ya es decir mucho.
¿Nostalgia o realidad?
Lo que ocurre con programas como «La Bola de Cristal» es que, con el paso del tiempo, la nostalgia tiende a idealizar. Puede que lo viésemos porque no había otra cosa —recordemos que en aquella época solo había dos canales de televisión—, pero eso no significa que nos encantara. Lo que sí reconozco es que la sintonía interpretada por Alaska era pegadiza. Basta con escucharla para que, por un instante, volvamos a ser niños frente al televisor.
El relevo: «Cajón Desastre»
Por suerte, tras el final de «La Bola de Cristal», llegó un programa que sí conectaba con el público infantil: «Cajón Desastre», presentado por Míriam Díaz Aroca. Este sí que era un espacio entretenido, variado y pensado para los niños. Emitía series chulísimas como «Alf», «Teen Wolf» y muchas otras que nos hacían reír y emocionarnos.
Además, «Cajón Desastre» tenía una estructura más clara, con secciones bien diferenciadas, concursos, música y un tono mucho más accesible. Era un programa que no pretendía ser más de lo que era, y quizá por eso funcionaba tan bien.
Conclusión: no todo lo que brilla es cristal
«La Bola de Cristal» fue, sin duda, un experimento televisivo valiente, con una propuesta estética y narrativa muy distinta a lo que se hacía en la televisión infantil de la época. Pero eso no significa que fuera el programa ideal para los niños. Su complejidad, su tono oscuro y su enfoque adulto lo alejaban de lo que realmente buscábamos a esa edad: diversión, color y aventuras.
Así que sí, lo vimos. Pero no porque nos encantara, sino porque no había mucho más donde elegir. Y aunque hoy se la recuerde tanto, conviene recordar que la nostalgia no siempre es sinónimo de calidad.
Entrada dedicada a una serie que daba mal rollete
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